Cuentos de tradición oral 

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CUENTOS para la semana  

AZUL SE TIÑE DE VERDE 

 

Azul era grande, oscuro y pacífico. Amarillo era pequeño, brillante y vivaz.

 Cuando Azul vio a Amarillo se dirigió despacio hacia él. Al mirar a Amarillo, Azul sentía dinamismo, fuerza, energía. Era un pequeño sol. Cuando Amarillo vio al largo Azul, también se sintió atraído por su paz y sosiego.

Amarillo se acercó rápido a Azul. Con su proximidad su radiante amarillo adquirió finísimas rayas verdes. Amarillo se sintió muy orgulloso de ellas. Pero apenas deparó que cuánto más se acercaba más gruesas se volvían.

 Azul y Amarillo pasaron mucho tiempo juntos. Un día Azul vió a lo lejos algo brillante, algo que le recordaba al sol, a los girasoles, al

go vivaz y pequeño que se movía sin parar. Cuando Azul buscó a Amarillo, apenas le reconoció. Amarillo era verde con finísimas rayas azules. Azul le dijo: “Ya no te quiero”.   Azul se marcho lenta y tranquilamente hacia aquello brillante que había divisado.

 Hoy Amarillo vuelve a ser amarillo. A veces se siente tentado de fundirse con Azul, aún a riesgo de perderse a sí mismo.

 Hoy Azul sigue anhelando tener aquello que, de cerca, trasforma sin quererlo y que, por ende, nunca podrá alcanzar.

EL ÁRBOL QUE NO SABÍA QUIEN ERA

 

Había una vez en un lugar que podría ser cualquier lugar y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un jardín esplendoroso con árboles de todo tipo: manzanos, perales, naranjos, grandes rosales.

Todo era alegría en el jardín y todos estaban muy satisfechos y felices. Excepto un árbol que se sentía profundamente triste. Tenía un problema: no daba frutos.

No sé quién soy, se lamentaba.

Te falta concentración. Si realmente lo intentas podrás dar unas manzanas buenísimas.¿Ves qué fácil es? Mira mis ramas, le decía el manzano

No le escuches. Es más fácil dar rosas, exigía el rosal .

¡¡Mira qué bonitas son!!

Desesperado, el árbol intentaba todo lo que le sugerían los demás. Pero como no conseguía ser como los demás, cada vez se sentía más frustrado.

Un día llegó hasta el jardín un búho (la más sabia de las aves) cuando vió su desesperación, le dijo: 

No te preocupes, tu problema no es tan grave sino el mismo que el de muchísimos seres sobre la Tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas. Se tu mismo y conócete  como eres. Para conseguir esto, escucha tu voz interior.

¿Mi voz interior?

¿Ser yo mismo?

¿Conocerme?

Se preguntó angustiado y desesperado.

Después de un tiempo de desconcierto y confusión se puso a meditar sobre estos conceptos y finalmente un día llego a comprender. Cerró los ojos y los oídos, abrió el corazón, y pudo escuchar su voz interior susurrándole:

“Tú nunca en la vida darás manzanas porque no eres un manzano. Tampoco florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Tú eres un roble. Tu destino es crecer grande y majestuoso, dar nido a las aves, sombra a los viajeros, y belleza al paisaje. Esto es quien eres. ¡Sé quien eres!, ¡sé quien eres!…”

Poco a poco el árbol se fue sintiendo cada vez más fuerte y seguro de sí mismo. Se dispuso a ser lo que en el fondo era. Pronto ocupó su espacio y fue admirado y respetado por todos.

Solo entonces el jardín fue completamente feliz. Cada cual celebrándose a sí mismo.

LAS LLAVES DE LA FELICIDAD

 

En una oscura y oculta dimensión del Universo se encontraban reunidos todos los grandes dioses de la antigüedad dispuestos a gastarle una gran broma al ser humano. En realidad, era la broma más importante de la vida sobre la Tierra.

Para llevar a cabo la gran broma, antes que nada, determinaron cuál sería el lugar que a los seres humanos les costaría más llegar. Una vez averiguado, depositarían allí las llaves de la felicidad.

-Las esconderemos en las profundidades de los océanos -decía uno de ellos-.

-Ni hablar -advirtió otro-. El ser humano avanzará en sus ingenios científicos y será capaz de encontrarlas sin problema.

-Podríamos esconderlas en el más profundo de los volcanes -dijo otro de los presentes-.

-No -replicó otro-. Igual que sería capaz de dominar las aguas, también sería capaz de dominar el fuego y las montañas.

-¿Y por qué no bajo las rocas más profundas y sólidas de la tierra? -dijo otro-.

-De ninguna manera -replicó un compañero-. No pasarán unos cuantos miles de años que el hombre podrá sondear los subsuelos y extraer todas las piedras y metales preciosos que desee.

-¡Ya lo tengo! -dijo uno que hasta entonces no había dicho nada-. Esconderemos las llaves en las nubes más altas del cielo.

-Tonterías -replicó otro de los presentes-. Todos sabemos que los humanos no tardarán mucho en volar. Al poco tiempo encontrarían las llaves de la Felicidad.

Un gran silencio se hizo en aquella reunión de dioses. Uno de los que destacaba por ser el más ingenioso, dijo con alegría y solemnidad:

-Esconderemos las llaves de la Felicidad en un lugar en que el hombre, por más que busque, tardará mucho, mucho tiempo de suponer o imaginar…

-¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde? -preguntaban con insistencia y ansiosa curiosidad los que conocían la brillantez y lucidez de aquel dios-.

-El lugar del Universo que el hombre tardará más en mirar y en consecuencia tardará más en encontrar es: en el interior de su corazón. 

Todos estuvieron de acuerdo. Concluyó la reunión de dioses. Las llaves de la Felicidad se esconderían dentro del corazón de cada hombre.

Inma

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